Quizás el destino quiso que vuelva a recordar ese viaje, el juego empezó de una manera extraña, y yo sólo seguí su ritmo.
El olor a café inundaba el lugar, los ventanales permitían apreciar el parque Kennedy que, bajo la luz tenue de la mañana, toma un aire europeo que me fascina. Al pequeño lugar ingresó un hombre vestido con una camisa blanca, un pantalòn color negro, una corbata algo suelta al igual que su camisa y unos zapatos de vestir del mismo color del pantalòn. Observó el lugar y fue de frente a mi mesa, donde tomaba un cappuccino con una amiga. “Quiero conversar con vos, a solas” – dijo, observando a Luisa, mi amiga. Me quedé estupefacta. “El tiempo que tuvimos ya no lo es más ¿no lo logras entender? Todo quedó allá” dije, observando la desesperación en sus ojos. “¡No lo entendés!” sacó un revólver del bolisllo de su pantalòn y apuntó a Luisa directamente al pecho.
- “¡Carajo Fernando! ¿Puedes comportarte? ¡Guarda esa cosa!”
- “Sólo si prometés ir conmigo a platicar a otro lado”
- “¡Mierda, estás loco!” – dije
- “Le dispararé y vos serás la única culpable de todo esto”
- “Está bien, está bien, déjala en paz”
Guardó el arma en su bolsillo ante la mirada impactante del público y las meseras del “Café Star”. Salimos y le pedí disculpas a Luisa, ella sabía la historia y comprendía el hecho de este ataque, más no la rudeza.
- ¿Dé qué querès hablar? – le dije a penas dejamos cerrar la puerta del café
- ¡De nosotros! ¿No lo entendés?
- No, el que no entiende eres tú. Lo nuestro nunca pasó.
- ¡Mierda! – me dijo. Me sentó en uno de los asientos del Parque, agarró mi mano, me miró a los ojos y me obligó a recordar lo que pasó, que no había sido un juego, que había sido real.
****
Llegué a La Plata, provincia de Buenos Aires, al mediodía, tras haber salido de la estación de Constitución una hora antes. Busqué mis maletas y me dirigí al hotel, cerca de la plaza de armas.
El apetito me llamaba y decidí dejar mis maletas en la habitación y salir en busca de un lugar donde almorzar. Encontré uno, el “WIllkeny´s” un sitio apacible, tranquilo, con música de fondo y un bar en medio del lugar para aquellos que sólo quieran conversar.
- “¿En qué lo puedo atender? - Me dijo una cariñoza voz mientras observaba como el bar tender servía un “Manhattan”.
- “Lo siento” – dije, tras quedar boquiabierto con la perfección del rostro del camarero y el color celeste de sus ojos. “El menú del día, por favor”. Sonrió y dio vuelta, observé su figura masculina a lo lejos y admiré la mezcla de su traje verde con negro. Tan solo me quedaba esperar.
Regresó a los 10 minutos con un plato de costillitas de cerdo, ordenó mis cubiertos y el mantel, revisó que todo esté perfecto y dijo: “Mi nombre es Fernando, cualquier cosa vos me avisás y vengo enseguida”. Me quedé mirando sus ojos y dijo:
- “No sós de aquí ¿verdad?”
- “No, soy de Perú, vine de vacaciones.”
- “¿Perú? Yo tengo a una tía viviendo allá, en Lima. Iré a visitarla este fin de mes.”
- “Yo vivo en Lima, bueno en Bellavista. Quizás cuando viajes podamos encontrarnos y te muestro la ciudad”
- “¡Dale! Mirá, salgo del trabajo a las 6 pm. Si querés podemos ir a caminar y yo te muestro la ciudad.”
- “Trato hecho” – dije sin despegar la vista de sus hermosos ojos celestes, queriendo que ya sean las 6 p.m.
La ansiedad me ponía nervioso, hacía temblar mi cuerpo, el reloj marcaba las 5:55 p.m. y estaba parado en la esquina frente al lugar. Dieron las 6:00 p.m. y Fernando salió, vestido con un polo plomo que hacìa notar su figura deportiva y unos blue jeans que hacían notar aún más el color de sus ojos. “Hola” dije mientras cruzaba la calle, “¿Cómo vás?” – dijo, “pensé que no ibas a venir”. Sonreí.
Estuvimos caminando por la ciudad hasta las 00:00 nos conocimos más, me contó de sus planes de viajar al Perú, le conté de mis motivos experimentales de mi viaje, me contó de su familia, algo dividida, por eso la razón de su trabajo y de superarse èl mismo, le conté lo que sentía dentro de mi familia, y así fuimos complementándonos uno al otro bajo el amparo de la luna de medianoche, esa luna que acrecienta las olas del mar y desprende suspiros de amor.
Me acompañò al hotel donde estaba alojada y nos quedamos conversando ahí, planeando el futuro, haciendo bromas sobre un encuentro cercano y lo interesante que fue conocerlo. “¿Querés pasar? – dije mirándolo a los ojos. “Sí, creo que ya es muy tarde y no sé como regresar” me dijo devolvièndome la mirada.
Nos sentamos en el sillón y seguimos conversando, saquè una botella de vino de la refrijeradora y platicamos sobre nuestra niñez, puse música suave y romántica, como para el momento.
Eran las 3:00 a.m. y cada vez conversábamos más cerca, con la voz más suave y dejando que el vino saque a relucir sus efectos. El ambiente se puso muy cálido, no despegaba los ojos de sus ojos, dejaba que juegue con mi cabello mientras yo tocaba su cuello. El momento nos dejó llevar y atinamos a dar el beso que rompía nuestra amistad para pasar al momento de pareja, el momento de dos vidas en una, al compás de la música del corazón.
Desperté a las 10:00 a.m. estaba sola en la habitaciòn y recordè que mi tren de regreso salía al mediodía, busqué mi boleto y partì en busca de un taxi al ferroviario.
Subí al tren y me dirigí de regreso a Buenos Aires, aún impactada por todo lo que había sucedido esa madrugada, pensando si lo volvería a ver, aunque lo más probable era que no.
Llegué a Lima un martes, y no pude sacarme de la cabeza a Fernando, sus ojos aún estaban marcados en mí, lo extrañaba, lo necesitaba, pero pensé que todo fue un juego, y quizás nunca más lo volvería a ver.
Dejé mis maletas en mi sofá, entré a mi cuarto y llamé a Luisa, una gran amiga, quedamos en vernos el sábado e ir a tomar un café por el parque Kennedy, me despedí de ella y me dirigí a la ducha, mi teléfono de casa sonó, levanté el auricular y escuché la voz de la operadora, informándome que estaba recibiendo una llamada desde Argentina. “Fernando” pensé de inmediato, acepté y escuché su voz, reclamándome el por qué de mi partida repentina, gritando que pensaba que era diferente, que terminé siendo igual que todas las mujeres, que èl no era un juguete, que se vengaría y lo pasaría muy mal, “lo siento” dije “no quise que todo esto pasara, pero al parecer todo es mejor así, quizás ya nunca te vuelva a ver”. “Te equivocas, sabrás de mí muy pronto” y colgó. Mis pensamientos dieron un vuelco, ya no la veía como el hombre encantador, de la cual puedo decir que me enamoré, las cosas sucedieron sin pensar, y quizás fue un juego para ambos. “Ya no sabré más de èl” pensé y llamé a la empresa telefónica para cambiar mi número, lo quería olvidar.
****
- “Tienes razón, no fue un juego, pero entiéndeme, tenía que irme ese día, no podía perder el vuelo”
- “Ya no importa, vamos a tomar algo” dijo mientras agarraba mi mano.
- “Conozco uno cerca” – dije.
Nos dirigimos hacia el “Babilonia Bar” era ya mediodía y supuse que estaría abierto, lo estaba. Pedí una botella de vino y empezamos a charlar, me pidió disculpas por haberme colgado el teléfono unos días antes y que se había sentido utilizado, me preguntó por qué había cambiado de número, me dijo que sólo había venido para verme y hacerme entender bien las cosas, que su vuelo salía a las 7 p.m. y tan sólo nos quedaba 5 horas para estar juntos, me dijo que quería aprovechar el momento y estar conmigo a solas, me pidió que lo llevara a mi casa, le dije que mejor vayamos a un lugar cercano, aceptó.
Pedimos una habitación en el último piso del Hotel que está frente a la embajada de Brasil, conversamos en el sofá y le pregunté cómo había conseguido encontrarme, me dijo que recordó el comentario sobre el “Café Star” cuando estábamos en mi habitaciòn y que supuso me encontraría allí, y no falló.
Se acercó y besó lentamente mi cuello, frotò mis muslos y mi espalda, mientras nos besàbamos. El juego había empezado.
Dieron las 5:30 p.m. salimos del hotel y me pidió mi número telefónico, tan sólo para llamarme de vez en cuando y conversar, saqué un boleto de mi cartera, un lapicero y anoté el número.
Lo acompañé a tomar un taxi, le entregué el boleto y me despedí, saqué una cajetilla de cigarros de mi bolso. Tomé uno, lo prendí y escuché “Te llamaré, en realidad me voy a quedar en casa de mi tía, no te desharás tan fácil de mí” y subió al taxi. “Loco de mierda” dije “que bueno que te di un número equivocado”

