viernes, 23 de diciembre de 2011

En un bus

Salí de casa algo apresurado, acomodándome el cabello, arreglándome la correa que sostenía el pantalón y amarrando bien los pasadores de las zapatillas. Eran las 5:30 pm  e iba con retraso a casa de José. En el camino entré a una tienda, compré una cajetilla de cigarros y prendí uno con el encendedor que estaba en el bolsillo de mi camisa.

Inhalé y exhalé el humo del cigarrillo  hasta subir las escaleras del by pass entre Faucett y Colonial, esperé sentado en el muro hasta que llegase el dichoso vehículo que me llevaría a mi destino, saqué el celular de mi bolsillo y observé la hora.  “5 y 50, puta madre” Tiré el cigarrillo al piso y lo apagué pisándolo por completo. Levanté la vista y observé al bus acercarse con una gran cantidad de pasajeros de pie. “Y para colmo iré parado” – pensé. Levanté la mano para que se detenga y el chofer abrió la puerta trasera, subí y vi varios asientos vacíos, me acerqué a la última fila de asientos y me senté junto a la ventana que está detrás de la puerta. Las personas que estaban de pie se movían como locos tratando de bajar primero, sonreí.

Me puse los audífonos y observé una silueta femenina  al otro lado de la puerta, junto a la ventana, que me llamó bastante la atención. Su cabello castaño y rizado era perfecto, su escote en la espalda dejaba observar el color blanco de su piel, tenía unos audífonos enormes de Skullcandy que combinaban con el color de su cabello y su blusa roja. “Que linda” dije, tratando de observar su rostro en el reflejo de la ventana.

El cobrador se acercó a ella y la vi sacarse los audífonos, sacar una moneda de su billetera y esperar a que el hombre, algo gordinflón, le diera su boleto. Llevaba pulseras en la mano, e induje que era una adolescente, la combinación de colores estrambóticos no van con las personas adultas, y lo ven como algo “huachafo” ante todo. El movimiento de sus dedos al recoger el boleto me hicieron suponer que era una chica delicada y tranquila, su anillo brillante y pequeño me hizo suponer que tenía novio, suspiré.

Saqué la moneda de mi bolsillo del pantalón y esperé mi boleto, me acercaba ya a Sucre con La Marina y tenía que bajar, pensé hablarle de alguna forma, o al menos, observar su rostro y tener alguien en que pensar y comentar cuando hable con José. Saqué mi lapicera de la camisa y anoté en la parte reversa del boleto “Disculpa si te incomodo, es tan solo que eres hermosa” y me puse de pie, guardé la lapicera y me acerqué a su asiento con ganas de observar su rostro y entregarle la pequeña frase en aquel boleto. “Hola” dije, volteó a observarme y me inmuté, pasaron un par de segundos y recién reaccioné “disculpa, te confundí con alguien más”

Fui hacia la puerta y esperé a que el bus se detuviera, bajé rápidamente, viré para volver a verla y la vi observándome, di vuelta y caminé apresurado, “que mierda” – pensé. Volví a mirar el boleto, leí lo que había escrito hace unos minutos y lo aventé para que el viento de otoño se lo lleve lejos de mí.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Luz de vela

Mi bisabuela falleciò semanas despuès de que yo naciera, ella se llamaba Claudia y papà siempre hablaba de su forma de ser y el amor que sentìa por la familia. Durante las vacaciones hìbamos a su casa para pasar la semana santa o el verano y uno de ellos se quedò marcado en mi memoria. Recuerdo que una noche se fuè la luz en todo el distrito y algunas personas aprovechaban en salir a caminar o a sentarse en las bancas de un parque hasta que vuelva la luz.Yo preferì no salir y me quedè adentro con mi abuelo al que le pedí, por temor a que algo apareciera en la obscuridad, que me encendiera una vela. La cual colocò en la ventana que daba al patio. Pasaban los minutos y empecè a sentir sueño, mi abuelo me recostò en la cama donde dormian mis bisabuelos y me cubriò con una sàbana, se recostò a un lado mio mientras esperaba a que me quedara completamente dormida. De pronto una de mis tìas lo llamò. Le roguè que no se vaya porque tenìa mucho miedo de que me dejara sola, "No te va a pasar nada, lo mismo que hay en la noche existe en el dìa" dijo tratando de tranquilisarme, y saliò.

Durante horas me quedé observando el techo, mirando el foco y rezando en silencio para que la luz volviera. Entonces sentí un fuerte escalofrio y la presencia de alguien al lado mìo. Me volví hacia ese lado aun recostada en la cama y con los ojos cerrados, esperando, para no ver nada. Lentamente los fui abriendo, mientras que mis ojos se fueron adaptando a la luz de la vela, y poco a poco, pude ver en la habitacion una figura. Llevaba un vestido largo y amarillento, como esas ropas antiguas que solian usar hace tiempo, mis ojos seguian desde abajo atenta a la figura y entonces comenzé a llorar en voz baja. Hasta que observè su cuello, y ahì terminaba todo. Era un pedazo de carne obscura como si le hubieran arrancado la cabeza.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Locuras de un viaje

Quizás el destino quiso que vuelva a recordar ese viaje, el juego empezó de una manera extraña, y yo sólo seguí su ritmo.

El olor a café inundaba el lugar, los ventanales permitían apreciar el parque Kennedy que, bajo la luz tenue de la mañana, toma un aire europeo que me fascina. Al pequeño lugar ingresó un hombre vestido con una camisa blanca, un pantalòn color negro, una corbata algo suelta al igual que su camisa y unos zapatos de vestir del mismo color del pantalòn. Observó el lugar y fue de frente a mi mesa, donde tomaba un cappuccino con una amiga. “Quiero conversar con vos, a solas” – dijo, observando a Luisa, mi amiga. Me quedé estupefacta. “El tiempo que tuvimos ya no lo es más ¿no lo logras entender? Todo quedó allá” dije, observando la desesperación en sus ojos. “¡No lo entendés!” sacó un revólver del bolisllo de su pantalòn y apuntó a Luisa directamente al pecho.

-           “¡Carajo Fernando! ¿Puedes comportarte? ¡Guarda esa cosa!”
-          “Sólo si prometés ir conmigo a platicar a otro lado”
-          “¡Mierda, estás loco!” – dije
-          “Le dispararé y vos serás la única culpable de todo esto”
-          “Está bien, está bien, déjala en paz”

Guardó el arma en su bolsillo ante la mirada impactante del público y las meseras del “Café Star”. Salimos y le pedí disculpas a Luisa, ella sabía la historia y comprendía el hecho de este ataque, más no la rudeza.

-          ¿Dé qué querès hablar? – le dije a penas dejamos cerrar la puerta del café
-          ¡De nosotros! ¿No lo entendés?
-          No, el que no entiende eres tú. Lo nuestro nunca pasó.
-          ¡Mierda! – me dijo. Me sentó en uno de los asientos del Parque, agarró mi mano, me miró a los ojos y me obligó a recordar lo que pasó, que no había sido un juego, que había sido real.

****

Llegué a La Plata, provincia de Buenos Aires, al mediodía, tras haber salido de la estación de Constitución una hora antes. Busqué mis maletas y me dirigí al hotel, cerca de la plaza de armas.
El apetito me llamaba y decidí dejar mis maletas en la habitación y salir en busca de un lugar donde almorzar. Encontré uno, el “WIllkeny´s” un sitio apacible, tranquilo, con música de fondo y un bar en medio del lugar para aquellos que sólo quieran conversar.

-          “¿En qué lo puedo atender? - Me dijo una cariñoza voz mientras observaba como el bar tender servía un “Manhattan”.
-          “Lo siento” – dije, tras quedar boquiabierto con la perfección del rostro del camarero y el color celeste de sus ojos. “El menú del día, por favor”. Sonrió y dio vuelta, observé su figura masculina a lo lejos y admiré la mezcla de su traje verde con negro. Tan solo me quedaba esperar.

Regresó a los 10 minutos con un plato de costillitas de cerdo, ordenó mis cubiertos y el mantel, revisó que todo esté perfecto y dijo: “Mi nombre es Fernando, cualquier cosa vos me avisás y vengo enseguida”. Me quedé mirando sus ojos y dijo:

-          “No sós de aquí ¿verdad?”
-          “No, soy de Perú, vine de vacaciones.”
-          “¿Perú? Yo tengo a una tía viviendo allá, en Lima. Iré a visitarla este fin de mes.”
-          “Yo vivo en Lima, bueno en Bellavista. Quizás cuando viajes podamos encontrarnos y te muestro la ciudad”
-          “¡Dale! Mirá, salgo del trabajo a las 6 pm. Si querés podemos ir a caminar y yo te muestro la ciudad.”
-          “Trato hecho” – dije sin despegar la vista de sus hermosos ojos celestes, queriendo que ya sean las 6 p.m.

La ansiedad me ponía nervioso, hacía temblar mi cuerpo, el reloj marcaba las 5:55 p.m. y estaba parado en la esquina frente al lugar. Dieron las 6:00 p.m. y Fernando salió, vestido con un polo plomo que hacìa notar su figura deportiva y unos blue jeans que hacían notar aún más el color de sus ojos. “Hola” dije mientras cruzaba la calle, “¿Cómo vás?” – dijo, “pensé que no ibas a venir”. Sonreí.

Estuvimos caminando por la ciudad hasta las 00:00 nos conocimos más, me contó de sus planes de viajar al Perú, le conté de mis motivos experimentales de mi viaje, me contó de su familia, algo dividida, por eso la razón de su trabajo y de superarse èl mismo, le conté lo que sentía dentro de mi familia, y así fuimos complementándonos uno al otro bajo el amparo de la luna de medianoche, esa luna que acrecienta las olas del mar y desprende suspiros de amor.

Me acompañò al hotel donde estaba alojada y nos quedamos conversando ahí, planeando el futuro, haciendo bromas sobre un encuentro cercano y lo interesante que fue conocerlo. “¿Querés pasar? – dije mirándolo a los ojos. “Sí, creo que ya es muy tarde y no sé como regresar” me dijo devolvièndome la mirada.

Nos sentamos en el sillón y seguimos conversando, saquè una botella de vino de la refrijeradora y platicamos sobre nuestra niñez, puse música suave y romántica, como para el momento.

Eran las 3:00 a.m. y cada vez conversábamos más cerca, con la voz más suave y dejando que el vino saque a relucir sus efectos. El ambiente se puso muy cálido, no despegaba los ojos de sus ojos, dejaba que juegue con mi cabello mientras yo tocaba su cuello. El momento nos dejó llevar y atinamos a dar el beso que rompía nuestra amistad para pasar al momento de pareja, el momento de dos vidas en una, al compás de la música del corazón.

Desperté a las 10:00 a.m. estaba sola en la habitaciòn y recordè que mi tren de regreso salía al mediodía, busqué mi boleto y partì en busca de un taxi al ferroviario.

Subí al tren y me dirigí de regreso a Buenos Aires, aún impactada por todo lo que había sucedido esa madrugada, pensando si lo volvería a ver, aunque lo más probable era que no.

Llegué a Lima un martes, y no pude sacarme de la cabeza a Fernando, sus ojos aún estaban marcados en mí, lo extrañaba, lo necesitaba, pero pensé que todo fue un juego, y quizás nunca más lo volvería a ver.

Dejé mis maletas en mi sofá, entré a mi cuarto y llamé a Luisa, una gran amiga, quedamos en vernos el sábado e ir a tomar un café por el parque Kennedy, me despedí de ella y me dirigí a la ducha, mi teléfono de casa sonó, levanté el auricular y escuché la voz de la operadora, informándome que estaba recibiendo una llamada desde Argentina. “Fernando” pensé de inmediato, acepté y escuché su voz, reclamándome el por qué de mi partida repentina, gritando que pensaba que era diferente, que terminé siendo igual que todas las mujeres, que èl no era un juguete, que se vengaría y lo pasaría muy mal, “lo siento” dije  “no quise que todo esto pasara, pero al parecer todo es mejor así, quizás ya nunca te vuelva a ver”. “Te equivocas, sabrás de mí muy pronto” y colgó. Mis pensamientos dieron un vuelco, ya no la veía como el hombre encantador, de la cual puedo decir que me enamoré, las cosas sucedieron sin pensar, y quizás fue un juego para ambos. “Ya no sabré más de èl” pensé y llamé a la empresa telefónica para cambiar mi número, lo quería olvidar.

****

-          “Tienes razón, no fue un juego, pero entiéndeme, tenía que irme ese día, no podía perder el vuelo”
-          “Ya no importa, vamos a tomar algo” dijo mientras agarraba mi mano.
-          “Conozco uno cerca” – dije.

Nos dirigimos hacia el “Babilonia Bar” era ya mediodía y supuse que estaría abierto, lo estaba. Pedí una botella de vino y empezamos a charlar, me pidió disculpas por haberme colgado el teléfono unos días antes y que se había sentido utilizado, me preguntó por qué había cambiado de número, me dijo que sólo había venido para verme y hacerme entender bien las cosas, que su vuelo salía a las 7 p.m. y tan sólo nos quedaba 5 horas para estar juntos, me dijo que quería aprovechar el momento y estar conmigo a solas, me pidió que lo llevara a mi casa, le dije que mejor vayamos a un lugar cercano, aceptó.

Pedimos una habitación en el último piso del Hotel que está frente a la embajada de Brasil, conversamos en el sofá y le pregunté cómo había conseguido encontrarme, me dijo que recordó el comentario sobre el “Café Star” cuando estábamos en mi habitaciòn y que supuso me encontraría allí, y no falló.

Se acercó y besó lentamente mi cuello, frotò mis muslos y mi espalda, mientras nos besàbamos. El juego había empezado.

Dieron las 5:30 p.m. salimos del hotel y me pidió mi número telefónico, tan sólo para llamarme de vez en cuando y conversar, saqué un boleto de mi cartera, un lapicero y anoté el número.

Lo acompañé a tomar un taxi, le entregué el boleto y me despedí, saqué una cajetilla de cigarros de mi bolso. Tomé uno, lo prendí y escuché “Te llamaré, en realidad me voy a quedar en casa de mi tía, no te desharás tan fácil de mí” y subió al taxi. “Loco de mierda” dije “que bueno que te di un número equivocado”

viernes, 18 de noviembre de 2011

sábado, 29 de octubre de 2011

Aprendì a sonreir como mecanismo de defensa.

Extraños

“La muchacha lo está esperando mi comandante” me dijo el policía que vigilaba el cuarto de interrogatorio. Eran las 9:15 am y hasta ahora era un día normal en mi trabajo. Tomé los papeles de la mesa que estaba justo al costado de la puerta  y entré a la habitación donde estaba la muchacha, sentada, esposada, y con la cabeza cabizbaja. Sólo noté su hermosa cabellera ondulada, que bajo la luz del sol que daba por la ventana tras de ella, lo tornaba de un color marrón rojizo fascinante.

“Veamos” dije mientras abría el folder donde estaba el expediente de la muchacha sentada. Su nombre era Brigiette Zapata, era la única sospechosa del asesinato de su prometido.

- ¿Dónde estaba el día del asesinato de su prometido? Pregunté. Ella levantó la cabeza y pude observar sus ojos, algo marcados y rojos por las lágrimas de la pérdida de alguien querido, me hipnotizó. “Responda por favor” volví a decirle.

- “Estaba con unas amigas celebrando el cumpleaños de una de ellas” dijo mientras ponía las manos esposadas encima de la mesa.

- “Se puede observar en las fotografías de la escena del crimen rastros de lucha ¿él era violento?”

- Escuché un sollozo y vi caer una lágrima por su rostro “era muy violento” dijo.

- “Cuanto lo siento” dije “tenemos 24 horas para presentar cargos contra usted, de lo contrario, podrá ir a casa, pero por ahora, tendrá que permanecer en la carceleta”

Salí de la habitación con rumbo a mi oficina, la muchacha me parecía particularmente bella y golpeada por la vida, algo que a muchos nos llega a pasar y que pocos llegan a superar.

Fui a casa de su prometido, tomé algunas fotografías y recopilé más información sobre el caso, era extraño. Me preocupé por corroborar la coartada de la muchacha, así que investigué su teléfono móvil y las llamadas realizadas, había hablado con su prometido unos 15 minutos antes de su muerte. “Que extraño” dije. Tomé una hoja del block de mi bolsillo, saqué un bolígrafo y recordé a la muchacha sentada en la sala de interrogatorio, sentí una sensación extraña y anoté una frase, arranqué la hoja y la guardé en el bolsillo de mi saco.

Regresé a la estación, entré a mi oficina y llamé al forense, le pregunté si había huellas desconocidas en los rastros de la escena de crimen, “no, no hay huellas extrañas, sólo el de él y su mujer” dijo del otro lado del auricular “el golpe fue preciso, no hay moretones de lucha, habrá tenido que ser un objeto contundente, macizo y a la vez blando, en su cabello se encontró un rastro de tela algo azulina, lo llevamos al laboratorio para analizarlo”, “gracias” dije.

Tomé un taxi a casa de la madre de la muchacha, conversé con ella, estaba preocupada, juraba la inocencia de su hija, la calmé, le dije que tan sólo quedaban un par de horas para presentar cargos, de lo contrario podría salir libre. Se alivió, le pregunté sobre Brigiette, me dijo que era algo tímida, dulce, tierna, delicada, y a mi sólo se me venía a la cabeza su hermoso cabello ondulado. “Cuide de ella cuando salga, por favor, debe estar muy mal y hace mucho que no hablo con ella, no tiene un lugar donde quedarse, por favor” me dijo su madre mientras dejaba su taza de café en la mesa de centro, me ruboricé. “Sí señora, no se preocupe, yo velaré por ella”, “Gracias” dijo y cogió nuevamente la taza de café para llevársela a la boca.

Faltaban 30 minutos para completar las 24 horas y no se presentaban cargos por falta de evidencia, fui a la carceleta y hable con la muchacha, le dije que la iba a estar esperando con mi automóvil frente a la estación y por encargo de su madre, cuidaría de ella estos días, me miró y asintió con la cabeza, salí de la pequeña habitación y esperé cruzando la calle, en el auto.

La vi salir de la estación con un vestido corto, aretes grandes, un paraguas en la mano y zapatos guindas de tacos algo grandes, era preciosa. Abrí la puerta del auto y la salude. “Dormirás en mi habitación, yo dormiré en el mueble” me miró y asintió con la cabeza, estaba algo tímida, no habló conmigo en todo el trayecto, eran ya las 8:00 pm.

Llegamos a mi casa, abrí la puerta del coche, la ayudé a bajar y dijo “gracias” mirándome con sus ojos marrones intensos, que reflejaban la luz de los faros en la noche, haciéndola más hermosa aún. Le enseñé la casa, recorrimos las diferentes habitaciones, dejé mi saco en el mueble y caminamos por el corredor, se quedó observando las fotografías mientras yo me lavaba la cara para estar algo más fresco. “¿Es tu esposa?” preguntó señalando la fotografía de mi boda

- “Sí” respondí “me casé hace tres años”

- “¿Y dónde está ella?” Me preguntó mientras miraba las fotografías.

- “Ella, falleció hace un año y medio” suspiré.

- Me miró, se acercó y me abrazó. “Cuanto lo siento” dijo

- “Aquí está tu habitación” dije mientras abría la puerta aún abrazado a ella.

- “Gracias” dijo.

Me senté en el mueble y puse algo de música, saqué un cigarrillo de la cajetilla que estaba en la mesa, lo prendí y me puse a pensar en mi esposa, en Brigiette, en mi vida, en porque me sentí tan cómodo cuando me abrazó, en la nota que escribí en la tarde, el reloj marcaba ya las 2:15 am. Apagué mi cigarrillo y fui a lavarme los dientes, el baño quedaba frente a mi habitación, donde estaba ella, abrí la puerta lentamente y la vi echada, boca abajo, durmiendo, soñando con cosas que jamás pasarían, con cosas que muchas veces no se pueden hacer realidad.

“Pasa” dijo, me asusté, abrió los ojos levantó la cabeza hacia mi “pasa” volvió a decir. Me senté al borde de la cama y preguntó

- “¿No puedes dormir, verdad?”

- "No”, respondí, mientras la veía recostada boca abajo.

- “Yo tampoco” dijo

- “¿porqué?” pregunté, mientras ella se daba vuelta y levantaba para mirarme.

- “No lo sé” respondió.

Nos quedamos en silencio por un minuto, sólo se escuchaba el sonido de algunos automóviles y la música suave que había puesto en la sala, nos miramos frente a frente, alargó su brazo, tocó mis mejillas, yo toqué su cabello y lentamente nos acercamos el uno al otro quizás buscando consuelo en nuestros labios para calmar corazones que el destino quiso maltratar. La recosté sobre la cama, besé su cuello, sus labios, ella rasgaba mi espalda, mordía mis labios, mis orejas, mi pecho. El deseo fue más que el consuelo.

Desperté y miré el reloj, eran las 9:00 am, Brigiette no estaba, me mojé el rostro y escuché el sonido de la licuadora, “Brigiette” pensé, fui a la sala y estaba ella preparando un licuado, sonreí, cogí mi saco y fui a la habitación a cambiarme, saqué del bolsillo la nota que había escrito y la puse sobre la cama. Escuché el sonido de mi celular en mi saco, lo busqué, me llamaban de Criminología

- “Bueno” dije

- “Mi comandante, la tela encontrada en el cadáver contiene fibras extrañas, algo impermeables, quizás sea un paraguas. . .”

Colgué el teléfono, cogí la nota y salí de la recámara, me senté en el mueble y vi su paraguas azulino.

- “¿porqué lo mataste?” pregunté. Ella levantó la mirada, dio un suspiro y sonrió.

- “Personas como él, sólo hacen daño a la sociedad, me cansé de su abuso, de su maltrato, cuantas veces he ido a una comisaría a asentar una denuncia que nunca me ayudó en nada, la justicia solo existe por manos propias”

Me levanté, me acerqué hacia ella, la abracé fuertemente, le dije que todo iba a estar bien, que yo iba a cuidar de ella. Cogió el cuchillo que estaba en la mesa de cocina y me apuñaló fuertemente, grité de dolor y dejé caer la nota que estaba en mi mano, se preocupó, removió la sala de pies a cabeza, lo hizo parecer una discusión, un asesinato en defensa propia, se arrodilló, cogió mis manos puso mis uñas en su rostro, se arañó y observó la nota en el piso, la levantó abrió el papel y leyó “Te vi y de una forma extraña, me enamoré de ti”, una lágrima cayó por su mejilla, me dio un beso en los labios, cogió el teléfono y llamó a la policía.
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